Banner
Banner
Sitios de interés local PDF Imprimir E-mail
Escrito por Administrator   
Domingo, 24 de Abril de 2011 17:48

SITIOS HISTORICOS Y DE INTERES LOCAL

DEL SUR DE BOGOTA

Las historias del lago San Cristóbal

Por Carlos Acero Rincón y Hernando Urrutia Vásquez

Desde 1917 y hasta 1965 existió en la localidad de San Cristóbal un famoso lago que era tan visitado por los bogotanos que se convirtió en el sitio “in” de la época.

Era un lugar de esparcimiento tan importante que las personalidades de la sociedad cachaca de aquel entonces lo visitaban con frecuencia. La atracción era montar en lancha, comerse un buen piquete y tomarse unos traguitos.
“El lago lo creó don Ernesto Gonzalez (un hacendado de la zona)  y funcionó inicialmente con barquetas de  lata y dos remos” nos cuenta Luis Gaitán, tradicional historiador  del sector.
Contribuyó a la popularidad del lago la llegada del tranvía eléctrico al  barrio San Cristóbal,  entre 1910 y 1920. “Era tal  la acogida que los tranvías llegaban repletos de gente”  recuerda el señor Gaitán.

“En mitad del lago había una especie de islita. Allí llegaban los visitantes a escuchar música en una pianola” - recuerda con nostalgía Julio César Tavera, habitante del barrio Villa Javier - “Ese lago era inmenso y en la orilla  estaban las canoas. Se pagaba 50 centavos y se montaba uno, después de dar una vuelta anclabamos  frente a una islita, entonces ahi pedía uno un piquete, papa, morcilla y una cervecita. Eso era muy bonito”.(sic)

Además de recorrer el lago en canoa se podía montar en los juegos mecánicos o echarse una pasada por dos conocidos lugares que hicieron historia alrededor del lago: La Casita y La Rondinela.  “Eran dos sitios para tomar trago muy agradables  - nos comenta Guillermo Posada -  descendiente de los fundadores del sector  - allí se reunían los intelectuales y la gente de la alta sociedad bogotana”.
“La Casita” era un restaurante de caché donde tocaban grandes orquestas, allí sólo entraban los de “dedito parado”. El otro sitio era “La Rondinela”, que era el contraste, porque había piqueteadero, fritanga y juego de tejo, también tocaban conjuntos de música de cuerda y había hasta pista de baile. Allí entraban los de estrato popular y de seguro más de uno se alzó la bata. El nombre del piqueteadero curiosamente se debe a la magistral interpretación que hizo un grupo de cuerda de un famoso pasillo llamado Rondinela. El dueño, don Luis Garay, quedó tan fascinado de la canción que así bautizó a su negocio.
A un lado del lago de San Cristóbal también quedaba un conocido restaurante llamado Petaluma, ahí se podía pedir la famosa champaña bogotana, que no era otra cosa que una cerveza con apariencia de champaña, se le conocía popularmente como “La Pita” porque en lugar del tradicional alambrito  venía una cabuya o pita y al destaparla sonaba como un tiro, algunos  recuerdan que era una cerveza muy sabrosa pero embriagadora.

Quien iba a imaginarse que el Lago de San Cristóbal fuera el escenario de una discordia que enfrentó la amistad de dos conocidos personajes de la historia del país: Eduardo Santos y Laureano Gómez. El motivo aunque aún no queda claro tiene que ver con una hermosa mesera que los sedujo ciegamente.

Es que estos dos personajes, que fueron posteriormente presidentes de la República,  en sus épocas de juventud venían con mucha frecuencia a “La Casita” donde compartían interminables noches de trago y  baile. Cuenta José Joaquín Ortiz, habitante del barrio Santa Ana, que una  noche el Dr. Santos confundió el abrigo de su compañero hallando una carta amorosa dirigida a la agraciada mesera que siempre los atendía. No se sabe si los dos amigos tuvieron allí una acalorada discusión, al parecer  Eduardo Santos no le quiso devolver la carta a Laureano Gómez. Lo cierto es que este episodio fue el motivo del rompimiento de esta amistad.
¿Qué contendría la carta? ¿Cuál de los dos personajes estaba enamorado de la mesera? Esa es la gran incógnita de la historia. No fueron precisamente las ideas partidistas las que pusieron en orillas opuestas a estos dos viejos amigos de rumba, tal vez fue una doncella la que provocó semejante distanciamiento.
Alrededor del  lago de San Cristóbal funcionó el  primer motel que tuvo la localidad, un sitio que al parecer no fue nada discreto.  Cuenta Luis Gaitan, antiguo habitante e historiador del barrio San Cristóbal, que hacia la década de 1940 llegó al barrio una mujer llamada Pepa Leyva, ella y su compañero compraron una casa quinta muy  grande en ese sector.  Sucedió que el hombre se murió en un viaje y la casa le quedó a ella, fue entonces cuando decidió montar un motel aprovechando la gran afluencia de parejitas que llegaban a divertirse a La Casita y La Rondinela.

Se llamaba “Cameron”  y era una casa grande con muchas habitaciones, los carros entraban por un garaje y sus ocupantes desaparecían como por arte de magia en las piezas de al frente.  No se sabe cómo doña Pepa se dio cuenta del “jugoso mercado” que tenía a pocos metros de su puerta, pero no le sería nada difícil intuirlo  ya que había manejado una casa de citas en el centro de Bogotá. Lo cierto es que el motel siempre permanecía llenó, según recuerda Luis Gaitan. Fue tal la acogida que funcionó durante casi veinte  años, un negocio tan lucrativo para doña Pepa Leyva que le alcanzó para comprar otras casa quintas en el barrio San Cristóbal.
Hay muchas historias encerradas dentro de las habitaciones de lo que fue el “Cameron”, de hecho muchas aventuras amorosas e infidelidades matrimoniales que surgieron alrededor de La Casita y La Rondinela fueron a consumarse allí. Incluso hubo tragedias pasionales como el episodio de una pareja que se voló de la casa con promesa de matrimonio por parte del novio, promesa que se rompió después de la primera noche de placer,  la novia sintiéndose burlada por su hombre cogió una pistola y lo mató.
Hoy sobre lo que fue el famoso Lago de San Cristóbal existe un conjunto de apartamentos y las caudalosas aguas del rio Fucha que permitieron crear este lago pasan inadvertidas y silenciosas por ese sector, quizás olvidadas de su pasado. Solo quedan las historias y los recuerdos de quienes iban a pasear en lancha y tomarse unos tragos en La Casita y La Rondinela.


La leyenda de los buitrones

Por Carlos Acero Rincón y Hernando Urrutia Vásquez

Dicen que un pacto con el diablo permitió a don Sergio construir estas imponentes edificaciones. Dicen que los buitrones que se construyeron en la localidad de San Cristóbal, como el que queda frente a la urbanización Terrazas de Oriente y el de la ladrillera San Cristóbal, fueron hechos mediante un pacto con el diablo. La leyenda que surgió alrededor de estas imponentes edificaciones de las fábricas de ladrillo es que su constructor, un señor  que llamaban “Don Sergio”, le entregó su alma al demonio a cambio de que le rindiera en el trabajo y  no le faltara el traguito.

Este personaje era Sergio Arévalo, un constructor de apariencia humilde que siempre andaba vestido de ruana y alpargatas. Cuentan que hacia la década de 1.940 él construyó el buitrón que quedaba detrás de la Alcaldía de San Cristóbal (donde hoy es la urbanización Parque Metropolitano), semejante edificación que tenía como 60 metros de alto fue hecha en tres días y tres noches, tan rápida y tan perfecta que solo el diablo pudo haberlo ayudado.  Desde entonces surgió la leyenda, ya que nadie se explica cómo estos buitrones quedaron tan bien construidos.

De hecho la historia del pacto con el diablo se fue alimentando con episodios como el que narra Jorge López, habitante del sector, quien afirma que en cierta ocasión “Don Sergio” fue invitado a una misa en la iglesia del barrio San Cristóbal, cuenta que el hombre quedó prácticamente paralizado en la puerta del atrio, que algo sobrenatural le impidió entrar al recinto sagrado. Las personas que lo acompañaban intentaron moverlo de allí pero fue imposible. Ese día, ni nunca más, “Don Sergio” pudo entrar a una iglesia, ya que tenía un pacto que no podía romper ni siquiera el día de su muerte.
Al  episodio de la iglesia se le suma el rumor de que por las  noches a “Don Sergio”  se le veía bailar con el diablo en la punta de los buitrones. Pero la historia más increíble es la del duelo que sostuvo con el demonio.
Cuenta Honorio Pardo, habitante del barrio San Cristóbal, que una noche fría y oscura el demonio le ordenó a “Don Sergio”  presentarse a las doce de la noche en lo más alto del páramo de Cruz Verde con el encargo de llevar  tres gatos negros, una vez allí el diablo le ordenó sacrificarlos. “Don Sergio” presintiendo que algo grave le iba a suceder desobedeció las órdenes y solo mató dos gatos dejando uno vivo. Enfurecido el demonio por haberlo desobedecido se abalanzó contra él para matarlo con sus propias manos. Dicen que aquel hombre pequeñito, de ruana y alpargatas, decidió enfrentar al diablo; no se sabe cuántas horas duró aquel duelo, ni como logró confrontar semejante ataque demoníaco,  pero gracias al gato que dejó vivo “Don Sergio” no sólo logró salvar su vida sino que también logró vencer al demonio.

Aún después de muerto parece que el fantasma de “Don Sergio” recorre sus pasos. La ladrillera de los Gaitán Cortés, que todavía conserva el imponente buitrón construido por este personaje y que se divisa desde cualquier parte del barrio San Cristóbal,  es el escenario de las misteriosas apariciones de un fantasma vestido de ruana que aparece sentado sobre una de las bóvedas de ladrillo.
La fábrica quedó abandonada hace más de veinte años, solamente una familia de cuidanderos la habita para que nadie la invada; en cierta noche uno de los hijos de los cuidanderos se pegó tremendo susto cuando vio la figura de un hombre vestido de ruana que lo llamaba con insistencia. Fue tanto el miedo que no pudo entrar a ese sitio por varios días.
Después de varias décadas el pacto de “Don Sergio” sigue alimentado el imaginario colectivo. ¿Pero si hubo pacto con el diablo por qué no pedir riquezas? Eso es lo interesante de la historia; “Don Sergio”, no anheló dinero a pesar de su vida humilde - siempre andaba en alpargatas- la vestimenta no le importó mucho, pidió más bien que no le faltara su trago, placer  del que  siempre disfrutó  hasta el último día de su vida.

El mito de la quebrada Chiguaza

Por Carlos Acero Rincón y Hernando Urrutia Vásquez

Zuque y Chiguaza terminaron arrejuntados y desde en­tonces las dos quebradas corren paralelas.

Chiguaza es una palabra indígena que significa “Luna Ondu­lante”. La quebrada fue bautizada así por nuestros ancestros, debido al reflejo que producía la luna sobre sus aguas a lo largo de su recorrido.

Alrededor de la quebrada Chiguaza existe un mito que se ha logrado conservar por muchos años. Se trata de una historia de amor que se remonta a la época de los dioses indígenas:

Hace algunos siglos los dioses enviaron a las montañas del suroriente a dos hermosas jovencitas. Una se convirtió en la quebrada Chiguaza y la otra en la quebrada Agua Azul. El Arco Iris que anda por el mundo posándose sobre los ríos y las quebradas les echó el ojo y comenzó a visitarlas con fre­cuencia.
Nuestro personaje andaba tan encarretado con ese par de bizcochos que se puso a soltar la lengua por todas partes y el run run le llegó a oídos de un amigo suyo llamado Zuque, quien le pidió al Arco Iris que le permitiera acompañarlo para conocerlas. Como el Arco Iris era un tipo fresco no tuvo nin­gún inconveniente en hacerle la segunda a su amigo Zuque, a pesar del riesgo que ello significaba, ya que no podía ha­cerlo sin el consentimiento de los dioses.

Lo cierto es que los dos comenzaron a pegarse su escapadi­ta a las montañas del suroriente. Zuque quedó flechado de Chiguaza y el Arco Iris se enamoró de Agua Azul. Y sucedió lo que tenía que suceder: Chiguaza quedó embarazada de Zuque y tuvo un lindo bebé, el cual nació justo en medio de las dos quebradas, convirtiéndose en un cristalino chorrito de agua.
Los dioses del Olimpo Indígena se enteraron del asunto, montaron en cólera y castigaron al Arco Iris separándolo de su amada Agua Azul, quien fue condenada al destierro. Por eso desde ese entonces al Arco Iris se le vagando por el mundo buscando de río en río y quebrada en quebrada a su amada Agua Azul.

A Zuque, por aquello de la paternidad responsa­ble resolvieron dejarlo al lado de Chiguaza para que se hiciera cargo de los pañales del chinito. De esta forma Zuque y Chiguaza terminaron arrejun­tados y desde entonces las dos quebradas corren paralelas y en mitad de ellos está el chorrito de agua fruto de su amor, pero por determinación de los Dioses no podían darle nombre solo hasta que llegará el primer hombre a estas tierras, este personaje fue un colono llamado Silverio Monzón, por eso se le llamó el Chorro de Silverio. Los tres se unen finalmente para formar una sola familia a la altura del barrio Nueva Gloria.

Sin embargo el castigo más grande para las dos quebradas es­taría por ocurrir con la llegada de los hombres. Cuando la zona comenzó a poblarse los habitantes que llegaron allí les arrojaban basuras, desechos y aguas residuales, hasta convertirlas en autén­ticas cloacas.

En los últimos treinta años la quebrada Chiguaza se deterioró terri­blemente, ya que a lo largo de su rivera se asentó un gran número de familias, cuyas viviendas invadieron la ronda, destruyeron los árboles y el hábitat natural. Desde su nacimiento, en la parte alta del barrio Quindío, esta quebrada terminó recogiendo las aguas negras de más de trece barrios que han nacido a su alrededor, pero además también recibe basuras y desechos sólidos que alte­ran su ecosistema y las condiciones sanitarias y ambientales de la zona.

Preocupada por la suerte de Zuque y Chiguaza la diosa Naturale­za llamó a los hombres y les habló al corazón. Luego les entregó una pócima, pero la única condición que les puso es que debían tomarla no por la boca sino por la conciencia, porque al tomar la pócima por la conciencia se abrirá el corazón de los hombres. De esta manera los seres humanos que habitan alrededor de las que­bradas tienen ahora la misión de salvarlas para saldar el daño que les han causado por muchos años.

La historia de la Chiguaza se ha logrado conservar por muchos años en la memoria oral de los habi­tantes del sector, con el correr de los años incluso han entrado en escena nuevos personajes como un Tunjo que anida en lo más profundo de lo man­taña y a quien se le atribu­ye la avalancha de 1994.

Cuentan que la explota­ción de una cantera del Distrito que se hallaba sobre los cerros del suro­riente despertó la animad­versión de un Tunjo que dormía allí bajo tierra. Un día se levantó malmurado y originó la avalancha de 1994 que fue cuando se desbordó una vez más la quebrada, ocasionando una tragedia que dejó 3 muertos, 16 desapareci­dos y más de 100 familias damnificadas. Nadie se explica cómo aquel día pudieron bajar y bajar pie­dras tan grandes, es tal el misterio que ni los expertos lograron entender la for­ma en que estas inmen­sas moles bajaron por ese cauce tan pequeño.

El desbordamiento de la quebrada El Zuque ( o La Pichosa) dio origen a nuevos imaginarios populares: el de un enorme pez con cabeza de toro que bajó en medio de las aguas, muchas personas afirman haberlo visto la noche de la avalancha de 1994, ó la creencia acerca de un becerro de oro que bra­maba mientras bajaba por la quebrada durante avalancha de 1912.

También se habla de un anciano vestido impeca­blemente de blanco que se le presentó a una se­ñora un día después del desbordamiento de 1994 y le dijo que el agua había salido a través de una inmensa grieta de la montaña. Las gentes creen que ese viejo era nada menos que un encanto al que se le podían pedir deseos. Algunos piensan que aquella mujer se le escapó la oportunidad de pedirle una fortuna.


El mirador de Juan Rey

Por Carlos Acero Rincón y Hernando Urrutia Vásquez

Sabías que la localidad de San Cristóbal posee un mirador donde se puede apreciar toda la ciudad. Mejor incluso que ir a La CaleraEl mirador del barrio Juan Rey es un nuevo espacio de recrea­ción y turismo para los habitantes de la ciudad que quieran respirar aire puro y apreciar un maravilloso paisaje.

Por su posición geográfica privilegiada desde el Mirador de Juan Rey se puede contemplar prácticamente toda la ciu­dad, particularmente las localidades vecinas: Usme, Uribe Uri­be, Tunjulieto y Ciudad Bolívar, pero además desde el Mirador nos podemos olvidar de la ruidosa selva de cemento obser­vando por algunos instantes la majestuosidad de la naturale­za y los cerros del suroriente.

El Mirador de Juan Rey tiene un aula ambiental y sende­ros ecológicos en los cuales se pueden apreciar 1.500 árboles de especies nativas que se sembraron allí.
Para llegar al Mirador coja un bus o un colectivo que diga Juan Rey, quédese una cuadra antes de la bomba de Terpel y baje (hacia el occidente) derecho.

El mirador de Juan Rey forma parte de diversas iniciati­vas que se han puesto en marcha desde hace algunos años para recuperar una importante franja verde que se denomina Parque Entre Nubes.
La zona del Parque Entre Nubes está ubicada entre los cerros de Juan Rey y Guacamayas. Inicialmente tenía 1.200 hectáreas, pero debido a la acción de los urbanizadores piratas e invasiones se redujo en la actualidad a 600 hectáreas aproximadamente. Posee una rica variedad de fauna y flora silvestre de invaluable valor ecológico.
La lucha por conservar este importante pulmón ecológico se inició desde 1980 y ha sido promovida por organizaciones socia­les de las localidades de San Cristóbal, Usme y Rafael Uribe. Esa labor dio sus primeros frutos cuando el Parque Entre Nubes fue declarado por el Distrito como zona de reserva forestal.


La rodilla del diablo

Por Carlos Acero Rincón y Hernando Urrutia Vásquez

 

Dicen que en una piedra del barrio Villa del Cerro se encuentra atrapado un cura que todas las noches prende velas para poder salir de allí. Por eso las gentes del sector cuentan que muchas veces durante la noche se ve una lucecita prendida dentro de la piedra.

Se dice que en este sitio se sentaba Juan Rey (un encomendero de los tiempos de la Colonia) a divisar sus extensos territorios, que des­de el Páramo de la Cruz llegaban hasta los confines de la Sabana.
Alrededor de la piedra también se tejió la leyenda de una hermosa mujer que salía a encontrar a los borrachitos y los seducía, pero no se los devoraba como la Muelona, solo los enviaba sin ganas para la casa.

 

El niño Jesús del barrio 20 de Julio

Por Carlos Acero Rincón y Hernando Urrutia Vásquez

En la ciudad y en el país se habla del Divino Niño del barrio 20 de Julio como parte de las tradiciones religiosas más importantes de la fe católica. Se ha hecho emblemático asistir sagradamente a su santuario a pesar de las incomodidades que representa ello en medio de la muchedumbre que lo visita regularmente.Lo que mucha gente no sabe es que esta tradición se inició en una humilde enramada construida en 1935. Allí había decidido echar raíces la comunidad religiosa de los salesianos, a raíz de que en ese sector ellos tenían un terreno que servía inicialmente para prácticas deportivas de los estudiantes del colegio Leon XIII.

¿Pero cómo se popularizó la adoración al Divino Niño? Su im­pulsor fue el padre Juan del Rizzo. Este sacerdote italiano quería promover la adoración del niño de Praga entre los habitantes de los barrios pobres de Bogotá, para lo cual mandó elaborar una figura muy similar a la imagen europea con la diferencia que le puso una cara de un pequeño del sector con una apariencia más regordeta.

Sucedió que unos días después cayó un fuerte vendaval que se llevó hasta el techo del cobertizo donde estaba la imagen. Lo increíble es que solo quedó en pie la imagen. Este hecho fue interpretado por los feligreses como una señal divina y desde en­tonces se comenzó a regar la bola acerca del Divino Niño.
A este hecho contribuyó la iniciativa del padre Juan del Rizzo de repartir mercados a los pobres. Inicialmente fueron pastillas o ta­sas de chocolate como premio y ayuda a los niños de bajos re­cursos que asistían a la “misa de cinco”. Con el correr de los años fue atrayendo feligreses que llegaban atraídos por los milagros del Divino Niño, hasta convertirse hoy en un torrente humano que los domingos llega hasta los trescientos mil visitantes.

¿Pero cuál ha sido la in­fluencia que ha tenido el barrio 20 de Julio en la localidad? Primero: la llegada del tranvía, y después los buses in­termunicipales alimen­tó su poblamiento y en cierta forma alivio la escasez de transporte en una zona que cada vez fue tomando for­ma de ciudad. Segun­do: el peregrinaje al Divino Niño dinamizó un mercado en torno a lo religioso que dio un salto en el tiempo a lo comercial, de una carrera sexta con es­casos tres almacenes, como el Navidad, el Real, los depositos de madera de doña Ma­ría, tal cual peluquería y una miscelanea, a toda una oferta varia­da de locales comerciales, un ejército de vendedores informales y hasta una zona bancaria. Es necesario acotar que en el 20 de Julio funcionó durante mucho tiempo una sala de teatro en donde mu­chos de los habitantes de la localidad aprendieron a conocer el mundo, especialmente el de la películas mejicanas que eran furor en esa época.

Otra influencia fue el circuito ciclístico organizado por el cura pá­rroco del 20 de Julio en honor a “pajarito” Buitrago y que termi­naba en apoteósico recibimiento en el frontis de la iglesia sobre una improvisada tarima y con poeta a bordo. Dicha celebración despertó la pasión por ese deporte en toda una generación de jóvenes que vivían por esos sectores, algunos apenas se lograron destacar en los tradicionales circuitos ciclísticos como Jairo F. Cruz y otros como “escobita” Morales y Patrocinio Jiménez se convirtie­ron en glorias del deporte nacional.
El fútbol también se tomó las canchas de lo que fue el “Ora­torio Salesiano”, hoy Colegio Juan del Rizzo. Un apasionado campeonato que se jugó allí por mucho tiempo fue la ante­sala de una iniciativa que tuvo renombre en todo Bogotá: el famoso Hexagonal de Fútbol del Suroriente. Su organizador, Ramiro Torres, traslado su efervescente torneo de banquitas a las canchas de fútbol del Velódromo Primero de Mayo, donde logró darle estatus a un evento deportivo que se con­virtió en semillero de futbolistas y que llegó a tener la misma categoría del campeonato del Olaya.
Última actualización el Jueves, 12 de Septiembre de 2013 22:54